02/02/2026

PrensaCOFAE/ Periodista: María Leonet/ Fotografía: Cortesía.

En el corazón del estado Mérida, cada mes de febrero el pueblo se transforma para la devoción a la Virgen de la Candelaria, no es solo un acto de fe, es un escenario vivo donde la iglesia y sus calles se visten de gala para recibir a cientos de feligreses que acuden a pagar promesas y participar en la gran procesión.

Todo comienza a las ocho de la mañana del día 2 de febrero con la tradicional bendición del Fuego de la Candelaria. La iglesia se ilumina con el brillo de cientos de velas y velones encendidos, esperando la anhelada bendición del sacerdote. Tras la misa, la imagen de la Virgen recorre el poblado en procesión hasta regresar a su templo, donde los siervos le cantan versos que dan paso a una danza ancestral: una leyenda hecha movimiento que honra las labores del campesino y su conexión con la tierra.

Esta festividad no es solo visual, es profundamente simbólica. Los Vasallos ejecutan una serie de sones que imitan las faenas del campo; a través de sus movimientos, los danzantes recrean la preparación del suelo, la siembra y la cosecha, convirtiendo la plaza en un campo sagrado donde el bastón de madera sustituye la azada.

Su atuendo, aunque llamativo, evoca la vestimenta del campesino humilde de la época colonial. Los participantes visten blusas rotas, pero el elemento más distintivo es un gran sombrero de paja, decorado con frondosas flores multicolores que representan la alegría del milagro concedido y la vitalidad de la naturaleza.

La celebración alcanza su punto máximo el día 3 de febrero. Al ritmo del violín, la tambora, el cuatro e incluso la zumba, los fieles se dirigen hacia el lugar donde, según la leyenda popular, la Virgen hizo su primera aparición grabada en una pequeña tablilla hace muchísimos años. Hoy, este sitio es considerado sagrado y cuenta con una capilla en su honor.

La celebración de la Virgen de la Candelaria en Mérida, más que una festividad, es un testimonio vivo de la resistencia cultural. De abuelos a nietos, la tradición de los Vasallos se mantiene como un hilo invisible que une el pasado agrícola con el presente devoto, asegurando que el eco de los violines y el color de los sombreros floreados sigan floreciendo cada febrero en las montañas andinas.

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